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La permanencia en estados de malestar nos lleva inevitablemente a la pérdida de la vida

Fotografía Carla Meza, colegio Quillahua.

Todos los seres vivos buscamos nuestro bienestar, pues es lo que permite mantener la vida. Asimismo, todo organismo vivo puede pasar por estados de malestar, porque son el sensor que nos alerta respecto de aquello en lo que no debemos insistir, por lo mismo, allí en los estados de malestar, ningún organismo puede permanecer.

 

En la larga historia de transformaciones geológicas y climáticas de la Tierra, las distintas especies de seres vivos han debido desplegar todas sus cualidades de adaptación y, en ese devenir, su entorno se ha ido transformando junto a ellos. Cada ser vivo y su ambiente constituyen un solo entramado de relaciones interdependientes, en el que se modifican mutuamente de forma continua.

Los humanos también nos hemos transformado consistentemente con el medio que hemos ido construyendo, consolidando experiencias distintivas, aparte de todas aquellas que nos unen con todos los seres vivos de las ramificaciones del árbol de la vida a la cual pertenecemos.

Mirando las cercanías genéticas hoy sabemos cada vez mejor cuán hermanados estamos con otras especies. Así nos pasa con chimpancés y bonobos nuestros primos – hermanos más cercanos vivos: la crianza, el juego, las expresiones culturales, las construcciones sociales son de tal complejidad en ellos que que cualquier búsqueda allí termina siendo una gran prueba al ego humano.

 

 

Cada cambio generado en la larga historia de la vida se ha realizado en la transformación congruente del ser vivo con su entorno. Somos absolutamente complementarios. En el presente de cada ser vivo, resultan nítidos en su existir que le ayudará a su vital tarea de sobrevivir y qué no.

Nos agrada la leche materna, como a todos los mamíferos; disfrutamos de subirnos a los árboles, como todos los primates; nos gusta masticar, como a todos los animales, gozamos del acto sexual, como todos los seres sexuados; etc. Pero, adicionalmente, nos agrada la conversación y nos gusta reír, elementos particulares de nuestra propia evolución como especie.

 

Fotografía Carla Meza, colegio Quillahua
Fotografía: Carla Meza, colegio Quillahua

 

Dichos elementos siguen estando allí porque han servido para nuestra permanencia de bienestar como seres vivos de un linaje, y están asociados a la realización social de cada uno dentro de nuestra configuración como animales sociales que somos porque esencialmente han sido estrategias eficaces en la permanencia y consolidación de nuestro permanecer como especie.

La conversación, el juego, la risa, la comida ritual grupal son elementos constitutivos de nuestra forma de construir sociedades y son parte de los aprendizajes evolutivos esenciales que permiten la conservación de nuestro linaje; es por ello que nos gustan tanto.

Si el bienestar ayuda a la conservación de la vida individual y de la especie, el malestar, la contracara: la afecta. En nuestro caso, la falta de comida y abrigo son obvios generadores de malestar. Sin embargo, la expresión más audaz de malestar del último tiempo es, en términos científicos, el desamor. Esta afección nos genera malestar y pérdida de vitalidad, y da cuenta de cómo la ciencia se hace cargo de esta visión moderna de entendimiento de nosotros mismos como seres vivos, mamíferos, humanos sapiens – amans.

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Fotografía: Carla Meza, Colegio Quillhua

 

El desamor, expresado en nuestras sociedades como deslegitimación, rechazo e imposición entre otros, lleva a las personas a alejarse de las vivencias o los espacios que lo provoquen, de la misma forma en que nos alejamos del fuego.
El malestar juega un rol fundamental en la conservación de la vida y la permanencia de las especies. Todo nuestro organismo está perfectamente esculpido para detectar las amenazas a nuestra existencia; para ello estamos dotados de un sinfín de elementos estructurales básicos, complejos y lingüísticos para ayudarnos a mantener un estado de equilibrio vital.

Todos los seres vivos buscamos nuestro bienestar, pues es lo que permite mantener la vida. Asimismo, todo organismo vivo puede pasar por estados de malestar, porque son el sensor que nos alerta respecto de aquello en lo que no debemos insistir, por lo mismo, allí en los estados de malestar, ningún organismo puede permanecer. La permanencia en estados de malestar nos lleva inevitablemente a la pérdida de la vida.

De tal forma, todo nuestro organismo está comprometido para mantenernos atentos a salir de los estados de malestar y, cuando no lo hacemos, aparece el desequilibrio y nos enfermamos. Todas las enfermedades son indicadores que nos alertan a salir de aquello que nos amenaza en nuestro bienestar; sirven como instancias para realizar cambios, nos muestran espacios vitales que se encuentran ajustándose y reordenándose, bajo una dinámica relacional en la que el organismo no se encuentra plenamente equilibrado con su coexistir.

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Fotografía: Carla Meza, colegio Quillahua

Texto extraído del libro “Pedagogía del Bienestar”, Ignacio Carrasco

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